Después del caos

después del caos terremoto 19S 19 de septiembre méxico

Ya ha pasado más de una semana y aún siento miedo. Jamás pensé vivir un evento similar al del 85. ¿Sabes? Eso ha vivido en mi cerebro desde que tengo memoria, mis padres lo vivieron y he conocido y escuchado muchas historias alrededor del terremoto de hace 32 años.

Irónico que fuera el mismo día, ¿no? Justo un par de horas antes del simulacro pensé qué sucedería si temblara a la misma hora y la gente pensara que era el simulacro y nos diéramos cuenta que no lo es por el movimiento de la tierra. Y un par de horas después… sucedió.

Jamás había sentido tanto movimiento en la tierra, tanto miedo a lo desconocido, tanta desesperación y estrés pero a la vez tanta necesidad de calma y enfoque. Tenía a mi hijo cerquitita, dándole teta, con el celular en la mano… ya lo sé, siempre digo que dejaré el celular a un lado cuando esté amamantándolo y pocas veces lo hago. Agradezco que ese día lo tenía en la mano. Agradezco que en ese momento tenía a mi hijo a 2 centímetros de mi. Solo lo cargué y salí corriendo del cuarto, tomé las llaves y abrí la puerta, como pude. No me importó salir descalza, lo único que quería era llegar a la calle antes de que el edificio se cayera en pedazos. No se cayó, pero así lo sentía yo en ese momento.

Tan solo llegar a las escaleras para bajar los dos pisos y medio que me separan de la planta baja fue eterno. El terremoto me aventó tres veces de un lado a otro, con mi hijo en brazos. Al final del pasillo estaba la puerta abierta de mi vecina. Su madre en el marco de la puerta hablándole desesperada y ella con su bebé de 10 meses en brazos. No sabía si ir por ellas y jalarlas o seguir mi camino. Recuerdo que pasaron tantas cosas por mi cabeza en ese momento que no supe que hacer y seguí avanzando. Con miedo de no poder ayudarlas porque mis manos estaban ocupadas me paralicé. No sé si hice bien o mal, pero el temor ya estaba en mis venas. Al llegar a la planta baja se tienen que bajar otros 10 escalones para llegar a la calle. Ahí no hay barandal del lado derecho y llevaba cargando a mi hijo del lado izquierdo, donde está el barandal. ¿Sabías que por instinto el lado del que más cargamos a nuestros hijos es de ese lado, el izquierdo? Porque así está cerquita del corazón. La naturaleza es sabia…  Así que no pude agarrarme del barandal y aún así no nos caímos. No sé cómo logré bajar los escalones y llegar sanos y salvos en medio de la calle, donde había muchísima gente con pánico en la cara y sus hijos o perros en brazos.

Terminó y busqué escribirle a mi esposo. Tenía un mensaje suyo que decía “ahora sí está temblando, no te salgas”. Por supuesto que me salí, no sé si era más seguro quedarme en mi departamento o salir, pero por ningún momento me pasó por la cabeza quedarme ahí. Traté de responderle y la red comenzó a fallar. 5% de batería. Solo podía poner y quitar el modo avión para que de pronto agarrara la señal y responder “Estamos bien Pablo y yo”. Al lado de mi un trabajador de mi edificio diciendo que había sido de 6 el terremoto y que fue en Puebla. Yo no podía saberlo, no tenía modo de revisarlo. Mi esposo escribió que ya estaba yendo a la casa. Todo era un caos. La gente se movía para todos lados, parecía que era una congregación para una manifestación o algo así. A donde volteara había gente afuera, gente con miedo, gente temblando, gente llorando. Nos quedamos ahí un buen rato. Mis pies ya tenían frío y el pañal de mi hijo se estaba desbordando de pipí porque no lo cambié cuando se despertó de su siesta.

¿Recuerdas que estaba haciendo una transmisión en vivo antes del terremoto? Tan solo la terminamos 10 minutos antes. No tuve tiempo de nada. Que bueno que no le estaba cambiando el pañal a mi hijo o haciendo de comer. Que bueno que estaba ahí acostada con él.

Después de un rato nos acercamos a los escalones para entrar al edificio, todos sentados, espantados y preocupados y mi hijo jugando como si nada hubiera pasado, como si fuera lo más común del mundo estar todos afuera. Los niños pequeños no entienden qué es un terremoto, solo sienten que las cosas cambian por nuestras emociones.

Cuando llegó mi esposo subió a la casa a cerrar la llave del gas, revisar que todo estuviera bien, por ropa y agua para Pablo, pañales y zapatos para mi. Nos fuimos a un puestito de comida porque moríamos de hambre y también mi hijo y no pretendía estar en casa encerrada. Comimos, hablamos de lo ocurrido, nos contaron sus historias cada persona que estaba ahí. Un señor nos contó como desde su edificio se vio como cayó otro. La señora del puesto, con sus tres hijos moría de miedo pero seguía trabajando. Nos fuimos y caminamos un poco. La ciudad era un caos. En mi perspectiva pero también en las fotos que le llegaban a mi esposo en su celular del trabajo. Todos estaban en shock, la ciudad se estaba cayendo y no estábamos preparados.

Un día antes del terremoto llegué a casa, estaba de vacaciones. El lunes temprano vi la maleta de emergencia que estaba a medias y dije “ahora sí la terminaré” y no la terminé. Cuando llegó el terremoto no tenía nada listo, ni siquiera zapatos para salir.

Ese día la vida se fue apagando conforme el anochecer se acercaba. la gente se veía temerosa pero todos actuaban. Caminamos a la Roma para recoger unas cosas, vimos dos edificios caídos, la impresión fue enorme. No sabía qué pensar o qué sentir, solo tenía un vacío en mi. Algo había cambiado y no supe qué era- Quizá el miedo, la incertidumbre, quizá me volví más paranoica o solamente comencé a ver la vida diferente.

Llevaba meses diciendo que quería llevar a mi hijo a una guardería para tener más tiempo para mi. Hoy agradezco no haberlo hecho, no aún. No porque no quiera hacerlo, sí necesito más tiempo para mi, pero aún no estoy lista para dejarlo con otras personas y agradezco haber estado con él en mis brazos cuando sucedió este suceso que cambió mi vida y la de muchos.

La Kabbalah dice que todo pasa para algo y tiene razón. Sé que este terremoto pasó para algo. ¿Para qué?

No estoy segura.

Quizá para despertarnos.

Para volvernos más empáticos, más solidarios, más humanos.

Para disfrutar más los pequeños momentos y los grandes.

Para pensar más en nuestras acciones y en cómo afectan al mundo, a nuestro alrededor, a nuestra vida.

Para darnos cuenta que todos somos partículas de Dios. Dios está en todos nosotros.

Para agradecer.

Para cambiar.

Yo cambié y no saben la alegría que me da.

Es cierto que ya no somos los mismos. Esa era la idea.

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Foto en Instagram de Kalinda Kano, una de mis bloggers favoritas.

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